La Formación Orquestal Infanto Rock festejó ocho años de trayectoria con “Visual-Auditivo”, una propuesta que cruzó producción plástica y música. Sobre el escenario, chicos de entre 9 y 18 años fueron los encargados de convertir el aniversario en una experiencia para escuchar y mirar.

Hay escenarios que se llenan de músicos. Y hay otros que, por un rato, se llenan de historias.
El jueves por la noche, el Centro Cultural Macedonio Graz fue escenario de una de esas historias. La Formación Orquestal Infanto Rock presentó “Infanto Rock en Visual-Auditivo”, una propuesta que cruzó música y producción artística para celebrar sus ocho años de trayectoria.
Pero la verdadera celebración estaba arriba del escenario.
Entre los 9 y los 18 años, los integrantes de la formación fueron tomando el protagonismo de una noche pensada para escuchar, mirar y, sobre todo, compartir. Bajo la dirección del profesor Josué Tintilay y la coordinación de la licenciada Andrea López, la orquesta volvió a demostrar que la música también puede ser una manera de crecer.

Infanto Rock nació como un espacio de formación y encuentro, pero con el tiempo fue construyendo algo más difícil de medir: una identidad propia.
En “Visual-Auditivo”, esa identidad apareció en dos dimensiones. Por un lado, la música; por otro, las producciones plásticas que acompañaron la propuesta y ampliaron la experiencia del público.
La idea no fue simplemente sumar una exposición a un concierto. Fue hacer que las distintas formas de expresión dialogaran entre sí.
Y mientras los instrumentos llenaban la sala, también aparecía otra escena menos visible pero igual de importante: chicos y adolescentes ocupando un lugar que alguna vez tuvieron que aprender a conquistar, siguiendo indicaciones, escuchándose entre ellos y descubriendo que una orquesta no se construye solamente con talento individual.
Se construye escuchando al otro.
Ese quizás sea uno de los aprendizajes más interesantes que deja una experiencia como Infanto Rock. En tiempos en los que todo parece pedir velocidad, tocar en una formación obliga a detenerse, prestar atención y entender que cada instrumento tiene su momento.
Ocho años después, aquella experiencia inicial ya tiene recorrido, recuerdos y varias generaciones de jóvenes que pasaron por sus filas.
La noche del Macedonio Graz fue, entonces, una celebración, pero también una fotografía de ese camino.
Una fotografía hecha de sonidos, colores, instrumentos y rostros jóvenes.
Porque detrás de cada canción hay horas de ensayo. Detrás de cada presentación, nervios. Y detrás de cada músico que se anima a subir a un escenario, seguramente hubo alguien que alguna vez le dijo que podía intentarlo.
Infanto Rock celebró ocho años haciendo justamente eso: abrir puertas.
Y quizás por eso el mejor modo de contar esta historia no sea hablar solamente de una orquesta, sino de todo lo que puede ocurrir cuando un chico encuentra un instrumento, un grupo y un lugar donde su música tiene sentido.
Ocho años después, la historia sigue sonando.
Y todavía está creciendo.
